Servidumbre o Soberanía esa es la elección ahora y la mayoría de la gente ni siquiera es consciente de ello…
Uno de los grandes tabúes del debate político español es la neutralidad internacional de España. Se presenta como una reliquia del pasado o como una posición ingenua ante un orden cuatripolar emergente basado en las áreas de influencia, cuando en realidad constituye una de las herramientas más eficaces para preservar la soberanía nacional, la independencia política y la capacidad real de decisión de un país. En el marco del editorial “La estrategia de la alternativa soberanista: «Desplegar tácticas flexibles con fines estratégicos firmes»”, este es un caso concreto clave donde muchos partidos y entidades soberanistas han fallado por miedo, comodidad, oportunismo o complejos.
España necesita plantearse con seriedad convertirse en una España internacionalmente neutral, capaz de defender su territorio a cualquier coste, de negociar con todos, pero de no someterse a nadie. La experiencia demuestra que las alianzas permanentes no garantizan seguridad ni prosperidad. Garantizan dependencia y sumisión.
El problema de las alianzas permanentes
Las alianzas militares, políticas y estratégicas de carácter permanente generan una ilusión de protección que suele pagarse cara. Cuando una nación ata su política exterior, su defensa y su economía a terceros, pierde su políticas exterior, su economía y su defensa. Es así de simple. Pierde margen de maniobra. Pierde soberanía real. Es dominado por el otro país.
España es un ejemplo claro. La pertenencia a estructuras supranacionales y alianzas rígidas ha implicado aceptar y asumir decisiones contrarias a los intereses nacionales: desde políticas energéticas suicidas hasta una inmigración descontrolada o una política exterior dictada desde fuera. El resultado no es más seguridad, sino más vulnerabilidad.
Existe una verdad incómoda que muchos evitan formular: quien se pone de rodillas ante potencias extranjeras no obtiene respeto, obtiene sumisión, vasallaje y desprecio. Es una descripción cruda, pero exacta, de cómo funcionan las relaciones internacionales cuando falta firmeza.
Caso concreto: defensa del territorio nacional
Una España soberana e internacionalmente neutral no es una España débil. Todo lo contrario. La neutralidad solo funciona cuando se apoya en una defensa nacional fuerte, autónoma y creíble. España no puede delegar su seguridad en terceros ni subcontratar su defensa.
Esto implica varias decisiones concretas:
- Reforzar las Fuerzas Armadas con doctrina defensiva nacional, no subordinada a agendas ajenas.
- Garantizar la capacidad de respuesta ante cualquier agresión en Ceuta, Melilla, Canarias, Gibraltar o aguas territoriales.
- Blindar el control del espacio aéreo, marítimo y cibernético sin depender de estructuras externas.
Aquí es donde algunos partidos e instituciones soberanistas han fallado. Han aceptado discursos ambiguos, han evitado el debate por miedo a etiquetas, o han rebajado el mensaje para no incomodar a aliados internacionales. Ese cálculo produce éxitos temporales, pero erosiona la esencia.
Neutralidad no es aislamiento
Conviene aclararlo con precisión: neutralidad no significa aislamiento. Significa libertad de decisión. Una España neutral internacionalmente puede firmar acuerdos comerciales, tecnológicos o energéticos. Puede cooperar en inteligencia o seguridad puntual. Lo que no hace es atarse de forma irreversible a alianzas que le impidan actuar según su interés nacional.. Se trata de mantener las distancias, no someterse a sus intereses y hacer respetar los propios. Equilibrio difícil, pero no imposible
Ejemplos prácticos de avance sin renuncia:
- Acuerdos bilaterales específicos, revisables y condicionados.
- Cooperación militar puntual sin bases permanentes extranjeras.
- Política exterior basada en intereses concretos, no en bloques ideológicos.
Este enfoque permite negociar desde la fortaleza, no desde la sumisión.
El error de la alternativa soberanista
Aquí aparece una autocrítica necesaria. Parte de la alternativa soberanista ha caído en la tentación de adaptar su discurso para ganar respetabilidad mediática o institucional. Se suaviza la propuesta, se evita hablar de neutralidad internacional de España, se acepta el marco impuesto por otros.
El resultado es previsible: se gana presencia momentánea, pero se pierde credibilidad a largo plazo. El votante soberanista percibe la incoherencia. Las asociaciones de base se desmovilizan. La agenda se diluye.
La neutralidad internacional de España exige claridad, pedagogía y valentía política. No se puede defender a medias. O se cree en la soberanía, o no se cree.
Propuesta concreta de hoja de ruta soberanista
Hablar de neutralidad internacional de España sin una hoja de ruta clara conduce al vacío político. Por eso, el soberanismo español necesita una propuesta operativa, comprensible para el ciudadano y ejecutable desde las instituciones. No basta con proclamar principios; hay que traducirlos en decisiones concretas, medibles y sostenidas en el tiempo.
Para avanzar sin renunciar a la esencia, los partidos soberanistas deberían incorporar una agenda clara y operativa en materia de neutralidad. Veamoslo:
1. Declaración política explícita: España es una nación soberana y neutral, no alineado permanentemente.
El primer paso debe ser una declaración política explícita. Los partidos soberanistas deben afirmar sin ambigüedades que España debe convertirse en una España es una nación neutral, independiente y no alineado de forma permanente. Esta declaración no es simbólica. Marca el marco mental desde el que se gobierna. Sin ella, todo lo demás se diluye en pragmatismo vacío.
2. Auditoría de compromisos internacionales que limiten la capacidad de decisión nacional.
El segundo eje es una auditoría integral de los compromisos internacionales. España ha asumido tratados, acuerdos y obligaciones que limitan su soberanía sin debate público ni control real. Un gobierno soberanista debe revisar uno a uno estos compromisos, identificar cuáles perjudican los intereses nacionales y establecer mecanismos de renegociación o salida ordenada. Neutralidad no significa ruptura caótica, sino recuperación progresiva de capacidad de decisión.
3. Reforma de la política de defensa, centrada en la protección del territorio y la disuasión real.
El tercer pilar es una reforma profunda de la política de defensa. Una España neutral internacionalmente solo se sostiene si nadie duda de su capacidad de defenderse. Eso implica invertir en Fuerzas Armadas modernas, bien dotadas y orientadas a la defensa del territorio nacional, no a misiones ajenas. España necesita una doctrina defensiva propia, centrada en la disuasión, el control de fronteras, el dominio del espacio aéreo, marítimo y cibernético. La defensa no puede depender de terceros ni estar subordinada a agendas externas
4. Diplomacia bilateral activa, sin bloques automáticos.
El cuarto elemento clave es una diplomacia bilateral activa. Frente al seguidismo automático de bloques, la neutralidad de España exige relaciones bilaterales basadas en intereses concretos. Comercio, energía, seguridad, tecnología. Acuerdos puntuales, revisables y siempre condicionados al beneficio mutuo. Esto permite negociar desde la fortaleza, no desde la obediencia.
5. Industria estratégica nacional, especialmente en energía, defensa y tecnología.
Por último, la hoja de ruta debe incluir una estrategia de soberanía económica e industrial de España. Sin control sobre sectores estratégicos no existe neutralidad real. Energía, alimentación, defensa, infraestructuras críticas y tecnología deben formar parte de una planificación nacional. No se trata de estatismo, sino de garantizar que España no quede a merced de decisiones tomadas fuera.
Esta hoja de ruta exige valentía política. Habrá presiones, campañas mediáticas y amenazas veladas. Pero el soberanismo que aspire a gobernar no puede actuar como una fuerza testimonial. Debe asumir que la soberanía tiene costes, pero la dependencia los tiene mucho mayores y permanentes.
Nada de esto implica romper con todos. Implica negociar desde la dignidad.
7 Beneficios reales de la neutralidad
La neutralidad no es un capricho ideológico ni una nostalgia histórica. Es una estrategia racional en un mundo cada vez más inestable, donde los bloques se enfrentan, las alianzas se rompen y los países subordinados pagan las consecuencias. España, como Estado soberano, tiene mucho que ganar y poco que perder si adopta una posición neutral firme.
El primer gran beneficio es la recuperación de la independencia política real.
Una España neutral internacionalmente decide según su interés nacional, no según órdenes, recomendaciones o presiones externas. Esto permite adoptar políticas energéticas, migratorias, económicas y sociales adaptadas a la realidad española, no a dogmas impuestos desde fuera.
El segundo beneficio es una mayor seguridad nacional.
Puede parecer contradictorio, pero los países alineados suelen convertirse en objetivos prioritarios en conflictos ajenos. La neutralidad reduce riesgos, siempre que vaya acompañada de una defensa creíble. España dejaría de ser una pieza automática en conflictos que no le pertenecen, sin renunciar a defenderse con firmeza si alguien amenaza su territorio.
El tercer beneficio es la capacidad de mediación internacional.
Las naciones internacionalmente neutrales fuertes suelen convertirse en interlocutores válidos en conflictos, negociaciones y acuerdos. Esto aumenta el peso internacional real, no el simbólico. España podría recuperar un papel diplomático relevante sin necesidad de someterse a bloques ideológicos o militares.
En el plano económico, la neutralidad favorece la diversificación de relaciones comerciales.
En lugar de depender de un número limitado de socios estratégicos, España podría negociar con múltiples actores, reduciendo riesgos y aumentando oportunidades. Esto fortalece la economía nacional y protege sectores clave frente a decisiones externas.
Otro beneficio clave es el control efectivo de fronteras y política migratoria.
La neutralidad permite diseñar una política migratoria basada en la seguridad, la legalidad y la capacidad de integración, sin imposiciones ideológicas o de intereses supranacionales. Una España soberana decide quién entra, en qué condiciones y con qué requisitos.
Además, la neutralidad refuerza el orgullo nacional y la cohesión interna.
Una nación que se gobierna a sí mismo transmite seguridad a sus ciudadanos. Se recupera la idea de proyecto común, de misión, de responsabilidad colectiva y de defensa del interés general frente a agendas ajenas.
Finalmente, la neutralidad ofrece estabilidad a largo plazo.
Las alianzas cambian, los bloques se reconfiguran y los socios de hoy pueden ser los adversarios de mañana. Un Estado neutral bien armado y bien gobernado no depende de esos vaivenes. Decide su rumbo con continuidad y coherencia.
En definitiva, la neutralidad no debilita a España. La fortalece. No la aísla. La libera. Y para un proyecto soberanista serio, este no es un beneficio secundario: es una condición imprescindible para la supervivencia política y nacional.
La neutralidad no es una consigna. Es una estrategia de supervivencia nacional en un mundo inestable.
Soberanía sin complejos
La neutralidad internacional de España es uno de los grandes debates que España necesita afrontar sin miedo y sin complejos. No como eslogan, sino como política de Estado. El movimiento soberanista debe entender que no hay soberanía real sin independencia estratégica, y que no hay independencia cuando se vive permanentemente condicionado por terceros.
Avanzar sin renunciar exige coherencia. Exige asumir costes a corto plazo para garantizar libertad a largo plazo. Exige decir lo que otros callan y defenderlo con firmeza.
Ese es el reto. Y también la oportunidad. Si los partidos soberanistas quieren marcar agenda, este es uno de los pilares irrenunciables.
