“El verdadero Lenin” | Luis David Bernaldo de Quirós

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

El título completo del libro es “El verdadero Lenin. El padre legítimo del Gulag, según los archivos secretos soviéticos”, autor Dimitri Volkogónov, Editorial Anaya & Mario Muchnik, 1996, 451 páginas incluido Índice, con prólogo de Manuel Vázquez Montalbán.

El autor, general y ex director de Propaganda del Ejército Rojo y luego director del Instituto de Historia Militar de la extinta URSS, se convenció de que el sistema comunista era, y es, inservible. Sus progenitores fueron asesinados por el régimen: el padre durante las purgas de Stalin en 1937, y la madre en su destierro de Siberia en 1949.

Volkogónov, después de tener acceso a más de 6.000 documentos escritos y firmados por Lenin, cuenta en su obra la personalidad de éste. Tenía un odio feroz a los propietarios campesinos por pequeña que fuese la propiedad. Sentía un profundo desprecio por los intelectuales (“lacayos de la burguesía”). Asimismo, odiaba también a la religión y a la Iglesia, odio que se tradujo en persecuciones y matanzas. También demuestra este autor que las atrocidades cometidas por Stalin, “fueron un derivado directo de las teorías y la praxis de Lenin”. Volkogonov descubre una disposición del propio Lenin enviada a los dirigentes comunistas de la ciudad de Penza, en la cual recomendaba ahorcar sin vacilación, publicando el nombre de los reos, así como confiscar todos sus bienes, a la vez que les indicaba que cogiesen rehenes.

En el “Prefacio del editor, edición inglesa”, página XIII, que figura a continuación del “Prólogo” de Manuel Vázquez Montalbán, nos dice Harold Shukman: “El primer investigador que tuvo acceso a los archivos más secretos fue Dimitri Volkogónov. Como director del Instituto de Historia Militar y coronel general en servicio. Durante años recopiló materiales para su biografía de Stalin. Su publicación en 1988 lo convirtió en un paria ante sus compañeros de graduación, cuya paciencia con él acabó por agotarse en junio de 1991 cuando su Instituto discutió y condenó el borrador de una nueva historia de la segunda guerra mundial, editada bajo su responsabilidad. Acusado de enlodar el buen nombre del ejército, así como el del partido y el del Estado soviético, y atacado personalmente por el ministro de defensa Yezhov, Volkogónov renunció. Cuando dos meses más tarde se produjo la tentativa de golpe, el Gobierno eligió a Volkogónov para supervisar el control y apertura de los archivos del partido y del Estado”.

El último párrafo del prefacio, página XV, sigue Shukman: “Dimitri Volkogónov ha roto el mito comprometiéndose firmemente con la visión de que la única esperanza de Rusia en 1917 estuvo en la coalición liberal y socialdemócrata que surgió en la Revolución de Febrero. En otras palabras, su conclusión es que no había salvación en ninguna de las políticas de Lenin, y ha llegado más lejos, señalando en qué forma maligna la influencia de éste caló en los dirigentes soviéticos que le sucedieron. Los dirigentes del partido, anota, citaban a Lenin y se referían a sus enseñanzas no solamente al dirigirse al pueblo con sus lugares comunes piadosos, sino también dentro de la privacidad del Politburó. Habiendo absorbido una filosofía que fracasó casi antes de ser puesta en práctica resultaba poco sorprendente que los continuadores del leninismo en la edad moderna compartieran, en última instancia, una suerte similar”.

En las páginas 139 y 140, correspondientes al Capítulo I I I intitulado “La cicatriz de octubre”, se puede leer: “Parece poco probable que los bolcheviques hayan reflexionado sobre el tema de que las promesas hechas desde la oposición y su realización una vez en el Gobierno son dos cosas muy diferentes. Sobre cada punto-la paz, la tierra, la libertad, la Asamblea constituyente, la libertad de prensa y lo demás— las promesas no tardarían en transformarse en coerción, limitación, alteración, «lectura» diferente o simple negación. Hasta la tierra —que distribuyeron en efecto— la hicieron indeseable al confiscar todo lo que producía. En otras materias, si Lenin etiquetaba de “demagogos» a sus opositores, fue él quien utilizó la demagogia para conseguir popularidad, él quien hizo un máximo de promesas a una población de conciencia política muy insuficiente.

La libertad fue la más maltratada. Poco después de la toma del poder, el Gobierno de Lenin invocó el pretexto de las «condiciones especiales», de la «guerra civil» y la «amenaza de la contrarrevolución» y muy pronto, asimismo, de la intervención de las fuerzas aliadas para instaurar una dictadura terrorista. Inevitablemente, quienes tenían más que perder reaccionaron vivamente. El gusto de Lenin por las medidas extremas (instaurando la Cheka, nombre derivado de las iniciales rusas de Comisión Extraordinaria para el Combate de la Contrarrevolución) no tardó en traducirse en el control policial del nuevo Estado. Cuando en junio de 1917, alarmado por los rumores sobre la inminencia de una tentativa de toma del poder por los bolcheviques, el Gobierno prohibió las manifestaciones durante tres días, Lenin no tardó en protestar diciendo que «en todo país dotado de una Constitución, organizar manifestaciones es el derecho inalienable de los ciudadanos». Unos meses más tarde parece haber olvidado el sentido de la palabra «ciudadano» y cualquier manifestación o acto público requirió la autorización de la policía política.

En junio de 1922, por iniciativa de Lenin, el Politburó examinó el tema de los grupos antisoviéticos entre la intelligentsia, y emitió una directiva comparable con el rigor medieval de la Inquisición. Se debía «filtrar» a los candidatos a la universidad, lo cual significaba que habría “límites estrictos para la entrada en la universidad de estudiantes de origen no proletario, los cuales necesitarían un certificado de fiabilidad política». Todas las publicaciones impresas habrían de ser examinadas cuidadosamente, “no se podrá realizar ningún congreso panruso de especialistas (médicos, agrónomos, ingenieros, abogados, etc.,) sin el permiso de la GPU” en tanto que las reuniones locales sólo podían llevarse a cabo con la autorización de los órganos locales pertinentes y “las secciones sindicales de especialistas ya existentes debían tener un registro especial para ser sometidos a observación especial”. El contraste con la táctica bolchevique de 1.917 no hubiese podido ser más impactante y cínico”.

En fin, con el comentario de estos dos libros a lo mejor Pablo Iglesias Turrión y el pedante marxista al que hacíamos referencia en le comentario del otro libro, se “ilustraron” un poco, oiga.

Luis David Bernaldo de Quirós Arias | Escritor

Deja un comentario